domingo, 22 de septiembre de 2013

Todo el mundo es representación. Teatro shakesperiano, escenario vacío, duda constante: ¿cuándo acaba la función? ¿cuáles son sus límites? La luna que ilumina el escenario, ¿pertenece a la tragedia de la apariencia o a la tragedia de la realidad?
Teatro de crisis, de cambio, de transición. Teatro de momentos trascendentales, de historias fuera de la Historia; relatos eternos repitiéndose en loop por el tiempo. Eterno retorno. Teatro de inestabilidad. 
Inestabilidad: clave. Creemos que tenemos una vida, una personalidad, una estructura regulando y filtrando nuestra existencia particular. Pero todo este montaje suele ser tan inestable; basta un leve suspiro en una canción o una línea chocante en un poema o una escena irreverente en una película para que tomemos ligera consciencia, por un momento, de que no es más que precisamente eso: un montaje. Una representación, un papel, una escena. Un personaje.

¡Soy un triste juguete del destino!

Llega un tiempo en el que las florituras literarias y los recovecos filosóficos ya no pueden ser un baluarte. Las teorías artísticas, la semiótica entera no alcanzan para cubrir las grietas, las fisuras. Eterno retorno del deseo omnipresente: quiero correr. Quiero dejar de representar este papel. Me quiero ir.