domingo, 26 de octubre de 2008
El torbellino.
Te estoy gritando para que me ayudes a salvarme de mi misma, pero no podés. Y de verdad no puedo sola, te necesito al lado mío para poder decir ‘no’ de una vez por todas. Pero vos no estás, y voy a volver a caerme en el mismo abismo. Fuiste mi última oportunidad de salvarme, de salir de este torbellino que me tiene atrapada; pero no hay caso, no podés ayudarme. Y creo que perdí la chance: ya no voy a poder salir del torbellino, hasta que él mismo me expulse. Y cuando lo haga, estoy segura de que lo voy a extrañar. Porque, aunque odie admitirlo, necesito ese torbellino. Necesito sentirme a la deriva, a merced de su voluntad y de sus vueltas. Ese torbellino es mi gran mal, y a la vez mi gran consuelo. Reconozco que jamás quise salir de él, hasta que vos apareciste. Cuando vos llegaste, por primera vez, deseé salir del torbellino y mirar un poco a mi alrededor. Quise dejar de girar sin más control que sus vueltas. Deseé amar y sentirme amada, deseé estabilidad y un poco de paz también. Pero no me pudiste ayudar, y sabés que sola no puedo. El torbellino se cobró ese momento de pensamiento liberal que tuve. Se dio cuenta de que por un momento quise escaparme. Y me atrapó, nuevamente con sus vueltas que tanto me entretienen. Y yo, dolida por tu negación, me dejé atrapar sin excusas ni protestas por sus vueltas y manejos. Y ahí voy, otra vez: a girar, sin saber a dónde voy, sin saber cuándo voy a parar. El torbellino es así: te atrapa sin que te des cuenta, y una vez que estás adentro, ya no podés salir. Tampoco querés. Sabés que las vueltas te marean, pero ¿acaso no te gusta marearte?