domingo, 26 de octubre de 2008
¿Es arrepentimiento esto?
¿Serviría de algo decir que te salió todo mal? Yo creo que no, debido a que es algo que ya sabés. De cualquier manera, te lo voy a decir: te salió todo mal. Fallaste. Te equivocaste. ¿Lo reconocés? ¿Reconocés que las cosas no resultaron saliendo bien? Si, lo reconocés. Hacenos un favor, y no salgas con la excusa del 'lo que no te mata te fortalece', 'no me arrepiento de lo que hice porque al menos pude aprender' o el típico 'si pasó, pasó por algo'. No me vengas con tus clichés aplicables a cada cagada que te mandás. Por una vez en tu vida, no te hagas la superada y admitilo: te equivocaste. Desperdiciaste la oportunidad de sentar cabeza, de empezar algo que sabés que te iba a hacer bien. Lo hiciste porque sos una caprichosa, porque te gusta jugar con fuego, porque te encanta simular que sos algo que en realidad detestás. Por una vez en tu vida admitilo. Te quisiste hacer la master, y te salió mal. Sumamente mal. ¿Es arrepentimiento esto? Mirá vos, la chica cuyo estandarte dice ‘No me arrepiento de nada’. ¿Qué pasó acá? Yo sé qué pasó. Decidiste, de una vez por todas, asumir lo que habías hecho: te equivocaste. Dejaste pasar el tren. Te quedaste enredada en una historia a la que le tendrías que haber puesto punto final hace mucho tiempo, y dejaste pasar una que recién iba por el había una vez. Era tu historia, la historia que podías escribir vos. Era una linda historia, de esas que te ayudan a dormir y te dan paz. Y sin embargo, no la quisiste escribir, seguiste leyendo el cuento de terror que escribió otro, del que no sos protagonista, ni siquiera papel secundario. Sos un extra en ese cuento, un extra que entra y sale según la situación. Y decidiste seguir leyéndolo, aunque fuera un cuento de terror y te diera miedo a la noche, y las pesadillas que te causaba leerlo no te dejaran dormir. Y mientras tanto, tu historia, de la que podías ser la princesa, se tuvo que escribir sola. Y no se escribió como querías, porque el príncipe, se cansó de esperar a la princesa. Y finalmente, levantaste un poquito la vista del cuento de terror que te tenía atrapada y decidiste comenzar a escribir tu historia. Y caíste en la cuenta de que tu historia había quedado en piloto automático, y se había escrito sola. Y te pusiste a leerla, y no te gustó para nada como venían las cosas. Trataste de enderezarla un poquito, agarraste por fin la lapicera y te pusiste a escribirla vos. Pero ya era muy tarde; el príncipe ya estaba cansado, no quería esperar más. Su princesa le había fallado, y él había pensado mejor las cosas. Ninguna lapicera, ni siquiera un fibrón indeleble sirvió para corregir la historia. Ya estaba escrita, ya no se podía arreglar. Igual, seguiste intentando. Usaste colores cada vez más brillantes, aunque sea para alargar un poco el cuento y que terminara como vos querías. Pero era tarde, ya no servía de nada. Te sentiste mal al darte cuenta de que ya no tenías oportunidad de escribir una historia que te tuviera como única protagonista. Y tuviste que volver a leer el cuento de terror, ese que no te deja dormir a la noche, y en el que jugás un papel de extra. Ese cuento en el que aparecés un poquito cada tres capítulos. Odiás leer ese cuento, sabés que te trae pesadillas. Sabés que es el cuento que escribió otro, sabés que sos un extra, que sos descartable ahí. Pero inexplicablemente, necesitás ese cuento de terror. Sos como los nenes, a los que se les dice que no metan los dedos en el enchufe. Saben que está mal, que puede ser peligroso, pero ellos meten los dedos igual. Así sos vos, permanentemente metiendo los dedos en el enchufe. Ya te electrocutaste muchas veces, y las descargas todavía duelen, pero seguís haciéndolo; hay algo entretenido en sentir la electricidad corriendo adentro tuyo. Te duelen los golpes, pero lo seguís haciendo. Creo que mantenés la esperanza de que alguna vez esa electricidad sirva en vos, y te haga brillar. Pero tenés que entender, que eso no va a pasar. No sos buena conductora de esa electricidad. Seguís haciéndolo, amparada por tus clichés de lo que no te mata te fortalece. Porque las descargas no te mataron, asumiste que te fortalecieron. Pero las descargas duelen, duelen mucho. Y siempre llega el momento en el que una no soporta más el dolor. Y termina siendo al revés; las descargas no te fortalecen: te quiebran. Te va a llegar el momento de quebrar. Sabés que va a llegar ese momento, y lo esperás. Pero afortunadamente, estás arrepentida. Te arrepentiste de haberte metido en todo esto. Te diste cuenta de que hubiera sido mejor que la saga de terror hubiera terminado con el primer tomo. Pero tenía que tener una secuela, y ya sabés que segundas partes nunca fueron buenas. Por suerte sos consciente de que hubiera sido mejor que no pasara nada de esto. Y por primera vez, podés decir esto sintiendo que es verdad: ojalá nunca te hubieras fijado en mí.